jueves, agosto 17, 2006

Caminando

En esta particular visión interior que poseo, todos los cumpleaños son algo así como un fin de año adelantado en el que comprometerse con la vida, entristecerse hasta la extenuación por todo lo que no hice , y emanciparme y liberarme por todo aquello que tengo la intención de recorrer.

Recuerdo aquellas maravillosas mañanas de sábado, cuando Pablo y yo despertábamos casi al amanecer para tirarnos sobre la cama de papa y mama hasta la hora del pantagruélico desayuno, mis interminables horas de ballet enfundada en una maya negra y calentadores amarillos con esta misma rolliza apariencia de campesina norteña y que me temo que jamás podré remediar. Añoro aquella inmensa colección de coches de juguete que escondías de mis cautivas manos por temor a que les aplastara las ruedas, como solía hacer...los cojines verde monte, el día que te desperté con un garbanzo en mi nariz, tu aversión a las agujas , querido hermano.


Como no podría ser menos, me cuelgo de aquellos años adolescentes, turbios y desenfrenados, tan poco típicos, encerrada entre libros y todos los vinilos que mi hermano evitaba prestarme y que sin embargo enamoraron mis oídos a golpe de jazz y rock and roll, una mezcla explosiva entre Miles, los Dires y Bach. Por supuesto, mi enloquecida pasión por I. , un muchacho largurucho que soñaba ser Kurt Cobain y que evidentemente jamás quiso saber nada de mi, más que en ese mundo inmenso de sus ojos verdes que jamás olvidaré.

Me concentro en todas las noches de martes que pasábamos metidos en aquel tugurio llamado Plaza para aplaudir a los amigos sobre el escenario, a F. poniéndole amor y música a mis mal llamados poemas...todas las mañanas del Instituto en auténtica horda femenina , y con el incombustible B., para deshacernos la mirada y las risas.

Repaso con fervor aquel último verano en la ciudad que me vio nacer, las noches en la plaza del Trigo porro en mano y Janis Joplin en el aliento.... Cómo caía en la cama de un muchacho ,ya sin nombre en mis recuerdos, y que me descubrió las estrellas dentro de la habitación de un quinto piso de la calle Juan XXIII.

Esta noche traigo a mi memoria la primera vez que te besé, la primera vez que me enamoré de verdad , sin saber muy bien quien era yo y en qué lío se enredaban mis neuronas, recuerdo mis lágrimas caminando hacía casa, las maletas sin hacer y todos los kilómetros del mundo para nombrarte.
Supongo que en aquel instante no era del todo consciente pero fue entonces cuando comencé a ser mayor.

La Universidad fue otro rollo, las mañanas en el Trece y Gerardo enmarcándonos las sillas, siempre las mismas, siempre a la misma hora, mojando las historias en el café. Las noches sin dormir, el contrabando de libros desconocidos que perdían nuestro espíritu y servían para magrear a nuestros pretendientes, las historias absurdas que tan sólo nosotros conocemos.
Mis terribles e impresentables desbandadas, sin avisar, cuando las noches en el Perro me obligaban a vivir el jazz, más aún, a sus músicos, y que me recriminabas por teléfono tras un millón de horas en la espera.
Fue una buena época por todo lo que tuvo de esperanzadora y dolorosa, porque aprendimos a vivir con nuestros errores y venganzas, también en los aciertos, porque no sólo conocimos y nos zambullimos en el arte sino en el amor y los desencuentros... Porque aquella salida del Hernán Cortés será una historia para contar a los amigos durante nuestras vidas: vivan las bañeras desbordadas, los duros en el trasero, las limpiadoras!!!

Me temo que los años no han podido cambiar mi eterno carácter de estudiante , en una especie de complejo de Peter Pan de palo, que no creas que no me reconcome las entrañas. A pesar de los pesares, sigo manteniéndome en la sonrisa del inocente, en la más cándida adolescencia...Existen utopías que por más que desee desterrar de mi cuerpo siguen latiendo ,dentro, en la definitiva esperanza por alzarme victoriosa.

De alguna forma así lo creí la primera vez que te vi, en la cafetería de la Escuela, tan alto, tan guapo.
Me quedé quieta , con el café en medio de ninguna parte ,entre mi pecho y la boca, como esas estatuas del jardín Botánico de Radio Futura, que pasan desapercibidas porque siempre han estado allí. Sólo que era yo, sin pedestal para protegerme ni tersura marmórea en la que permanecer impertérrita, así que sin más me miraste, como se debe cuando cualquiera se atonta ante tu presencia, para que ,evidentemente, deje de hacer el canelo. Creo que nunca he sentido tanta vergüenza en mi vida, intuía mis mejillas avanzar al galope hacía en enrojecimiento absoluto..yo no soy así, no era así, no observo hasta agotar, no me embobo como una tórtola en celo.
Después de aquello, no pude mirarte a los ojos hasta muchos meses después cuando aprendí el juego de lápices y paciencia que desplegaste con mi ya consabida escasa habilidad manual y que nos entretuvo en esa danza emocionante del flirteo. Creo que ambos descubrimos un mundo secreto que se desplegaba con la sutileza del escriba.
Te debo la belleza y la música, mi dulce Apolo.

Sin embargo, y ya aproximándome vertiginosamente a la crisis de los treinta y que intuyo que me ha llegado prematuramente, me debato entre lo que soy, con mis lorzas, mis pedazos de alma, mis jirones, estos encaracolados rizos y mi debilidad por las gafas de pasta y todo lo que quisiera ser: menos melancólica, más valiente, menos enjuta, más culta, más, al fin y al cabo.

Durante estos últimos años en los que comienzo a verme envejecer, he coleccionado montones de besos robados, viajes con golosinas en los bolsillos, amigos en los que abrigarme para continuar...pero siempre intento guardar una botella de vino en algún cajón para cuando volvamos a reencontrarnos o comencemos a conocernos y valga la pena descorchar la madrugada y el corazón.

Y que no decaiga.

La NüBe

1 Mordiscos:

Anónimo dijo...

Esta ventana a tu cabeza...
Hoy me he atrevido, gordita. Para que veas que no siempre me ofusco.

Todavía no he saldado mi cuenta, tú sabes.